Cuando el off del off se enciende (La Nación)


Mañana comienza el Festival Escena 2011
Cuando el off del off se enciende
De cómo una fábrica y una ferretería se transformaron en lugares de investigación

Por Alejandro Cruz  | LA NACION
La nota completa, en http://www.lanacion.com.ar/1406410-cuando-el-off-del-off-se-enciende

Una mujer se para en la vidriera de un local. Está acompañada por una nena. Miran hacia adentro, hablan entre sí, señalan rincones. La charla se extiende. Tanto que los que están adentro no pueden dejar de reparar en ellas. Entonces las invitan a pasar. Una vez adentro, miran con especial atención cada recoveco. Más que con atención, con una extraña emoción. Allí, hasta fines de 2007, funcionaba una ferretería de barrio atendida por una persona fallecida hace poco. Ella era su mujer. La nena, su hija. Ahora están ahí: en Soler 3964, barrio de Palermo, en el Elefante Club de Teatro. La mujer tuvo otra hija que terminó tomando clases en la sala que tienen Santiago Loza (reconocido director de teatro y de cine) y Lisandro Rodríguez (actor, dramaturgo y director).
Cuando ellos alquilaron el lugar había un largo mostrador, manuales de moladoras, cajas de tornillos y restos de piezas que encajan en otras. De eso no queda nada, las piezas ahora son otras. Apenas llegaron al local tiraron una pared. Allí, funciona una sala para 30 personas.
En ese mismo febrero de 2008 el coreógrafo Juan Onofri Barbato buscaba un lugar para poner un teatro. En la esquina de Vera y Bonpland dio con uno. Inmediatamente, llamó a Diego Mauriño, actor y director. A los días estaban hablando con el dueño, cuya hija es Lisu Brodsky. Ella, en 1986, asumió como codirectora del Ballet Contemporáneo del San Martín. Onofri estudió justamente en el Taller de Danza que luego dirigió Brodsky. En esa esquina de Chacarita durante años funcionó una empresa con “más de 40 años de experiencia en la importación y reconstrucción de máquinas para fabricar tejido de punto”. El lunes había una máquina de coser terminando el vestuario de una obra. Apenas Diego entró en el lugar, dijo: “Tiremos esa pared”. El lugar lo llamaron Teatro del Perro, una mágica sala para 60 personas.
Las historias se repiten, se articulan, dibujan círculos. Otras 15 salitas deben de tener vidas parecidas. En todos los casos, se trata de espacios sumamente personales a cargo de directores, actores, coreógrafos, bailarines y dramaturgos que transformaron en salitas teatrales típicos PH, un comité radical, un espacio ubicado arriba de un mercado, un viejo hotel, un depósito, una antigua fábrica de trapos de piso, una imprenta y un atelier.
Los dueños de estos lugares se juntaron el año pasado. Formaron la agrupación Espacios Escénicos Autónomos. Son los mismos que organizan el Festival Escena que comienza mañana y que concluye el 8 de octubre. Son los mismos creadores (Matías Feldman, Lorena Vega, Alfredo Martín, Diego Velázquez, Maruja Bustamante, Fabián Gandini, Santiago Gobernori, Gustavo Tarrío, Paula Herrera, Alberto Ajaka, Martín de Goycoechea, Martín Seijo y tantos otros) que estarán en este festival mientras suelen trabajar en el circuito independiente y en el oficial, y que llevan sus trabajos a los festivales internacionales. Claro que ahora se presentan en este circuitos que algunos llaman el off del off.
Claro que llegar a este presente expansivo tuvo sus vericuetos. Por ejemplo, hubo que aprender a convivir con los vecinos. Actualmente, en el piso de arriba de Elefante Club vive una madre con tres hijitos. En la lógica de un viejo PH, el ruido es inevitable. Para atenuar lo inevitable, les pasaron el horario de funciones para que los chicos no corran (o corran menos, o que usen patines, o lo que sea). La madre festejó sus cuarenta años en la sala (algo debe funcionar). La sala tiene un descuento para la gente del barrio. No hace falta comprobar nada, palabra.
El Teatro del Perro tiene un vecino llamado Enrique. Desde hace un año, en la vereda de Bonpland instaló su cama y en Vera, su “oficina”. Enfrente hay una casa tomada. En la esquina, hay una pâtisserie afrancesadísima. Del otro lado, un vecino varias veces llamó a la policía para quejarse por ruidos molestos. ¿Qué hicieron ellos? Buscar a la persona y hablar partiendo de la base de que “todos tenemos razón”, dice Onofri.
Hay otro vecindario de límites más difusos: el del mundo de lo escénico, sea en términos de creadores o de público. Con ellos también instalaron una cuestión de código. Por ejemplo, el Teatro del Perro, hasta la realización del Festival Escenas, nunca tuvo agente de prensa. Las obras que se montaron allí se difundieron por el boca a boca, correos electrónicos y redes sociales. En esas comunicaciones ni ponían la dirección. Sin embargo, a la hora señalada, el público llegaba a la esquina como siguiendo un código porque, de hecho, en la esquina ni hay un cartelito que identifique al lugar. O sí: hay uno que dice “cuidado con los perros”.
La estrategia puede entenderse como una crítica hacia el sistema de difusión teatral y como otra forma de pararse frente a los grandes medios de comunicación. Diego Mauriño, uno de los “perros”, explica: “Estas salas responden a una necesidad de generar otra forma de producción y una manera de liberarse de ciertos mecanismos de mercado. Porque a pesar de que a las salas independientes se las conozca como del circuito off, reproducen un montón de reglas de mercado”.
Las reglas no son estrictas. Desde un principio, Elefante Club decidió tener la mayor visibilidad posible. Eso sí: nunca contrataron a un agente de prensa (a lo sumo, lo sumaron a la cooperativa). Como todas estas salas fueron creadas post-Cromagnon, muchas optaron por el silencio por temor a clausuras. El cambio de ciertas paradojas se produjo en 2010, cuando se agruparon. Así lograron una frágil situación legal que les permite funcionar bajo un marco acorde con la realidad de estos espacios. “Podemos tener problemas de habilitación o de contratos, pero no estamos inhabilitados para hacer teatro”, apunta Lisandro Rodríguez, uno de los cuatro “elefantes”.
Parece un discurso militante. Nada que ver, lo dice con naturalidad. De hecho, el mismo albañil que tiró la pared de Elefante Club es el que años atrás había tirado otra pared para transformar su casa en teatro. Así es que las historias de mágicos lugares se repiten. Y ahora, con la largada del festival, se expanden, se encienden.

AUTÓNOMOS, CREATIVOS Y MEZCLADITOS
El Festival Escena 2011 comienza mañana, a las 14, con una choripaneada en Espacio Polonia (Fitz Roy 1477). Una hora después, se inicia un trabajo sonoro (auto, recorrido, viaje por la ciudad). Se ofrecerán 63 obras de teatro y danza con entradas a 20 pesos. La matriz del festival incluye intervenciones que se realizarán en las distintas salas (17 en total) en las que se cuentan las historias de esos lugares. Entrada libre, gratuita. Y charlas. Y talleres. Y propuestas de cruces artísticos en un formato de festival que, en los papeles, es superador de otros encuentros escénicos que cuentan con los medios económicos. Todos los datos se encuentran en la página www.festivalescena2011.com. De allí mismo se puede llegar al sistema de reservas de entradas.